La histórica alineación de Estados Unidos con el Reino Unido en la cuestión Malvinas, consolidada desde 1982 con el respaldo de Ronald Reagan a Margaret Thatcher durante la guerra del Atlántico Sur, comienza a mostrar fisuras en un contexto internacional cambiante. El enfoque pragmático de Donald Trump, orientado a intereses estratégicos actuales más que a tradiciones diplomáticas, sumado a las crecientes tensiones con Londres por su postura negativa a involucrarse plenamente en la crisis del estrecho de Ormuz, expone una relación menos sólida y abre interrogantes sobre un posible reordenamiento geopolítico.
CruzadaInformativaDurante años, la postura de Estados Unidos respecto a las Malvinas pareció inamovible. En 1982, Ronald Reagan decidió respaldar a Margaret Thatcher durante la guerra del Atlántico Sur, marcando una línea diplomática que, desde entonces, mantuvo a Washington alineado con Londres. Ese precedente sigue teniendo peso en la actualidad.
Sin embargo, la lógica geopolítica de Donald Trump no responde al pasado, sino a intereses concretos, recursos y alianzas del presente. Y es precisamente ahí donde el escenario comenzó a modificarse.
Actualmente, el vínculo entre Estados Unidos y el Reino Unido muestra señales de tensión. Trump cuestionó a Keir Starmer por su negativa a involucrarse plenamente en la crisis del estrecho de Ormuz, mientras Londres evitó comprometerse con una participación militar más dura y defendió una postura de desescalada. Diversos medios señalaron que la negativa británica a desplegar apoyo naval inmediato generó malestar en Washington y dejó al descubierto una relación menos fluida que la tradicional.
Al mismo tiempo, el lazo entre Washington y Buenos Aires atraviesa uno de sus momentos más sólidos en años. En noviembre de 2025, la Casa Blanca calificó la relación con Argentina como una “alianza estratégica”, basada en afinidades ideológicas y económicas. A esto se sumó recientemente el respaldo del Departamento de Justicia estadounidense a la posición argentina en el caso YPF, interpretado en Buenos Aires como una señal clara de cercanía política.
En ese marco, Argentina se ha alineado firmemente con la postura estadounidense frente a Irán. Incluso, desde sectores cercanos al oficialismo libertario se ha llegado a afirmar que el país se encuentra “en guerra” con la república islámica.
Este contexto dio lugar a una hipótesis que, hasta hace poco, habría parecido improbable: que Washington, o al menos sectores vinculados al entorno republicano, empiecen a reconsiderar su tradicional respaldo automático al Reino Unido en la disputa por las Malvinas.
Uno de los primeros en plantearlo abiertamente fue Marc Zell, dirigente republicano cercano al trumpismo. Su argumento fue claro: mientras Argentina colabora con Estados Unidos enviando apoyo naval para resguardar el comercio internacional en Ormuz, el Reino Unido opta por no hacerlo. Bajo esa premisa, Zell sugirió que la administración Trump debería evaluar un cambio en su histórica política y considerar respaldar el reclamo argentino.
Si bien no representa una postura oficial, su planteo refleja un dato políticamente relevante: dentro del entorno republicano comienzan a surgir voces dispuestas a cuestionar una posición que hasta hace poco parecía incuestionable.
El periodista Daniel Hadad, con vínculos en el Departamento de Estado, llevó este planteo a una escala mayor. Su enfoque no se limita a la cuestión Malvinas, sino que apunta a una posible reconfiguración estratégica del continente.
Hadad parte del Canal de Panamá, un punto clave para el comercio global. Señala que, ante la posibilidad de interrupciones en esa vía, Estados Unidos necesitaría rutas alternativas. En ese contexto, el sur del continente adquiere relevancia.
Según su análisis, existen dos opciones: un corredor terrestre en Centroamérica costoso y complejo, o el Canal de Drake, que ya está disponible pero condicionado por la histórica disputa entre Argentina y el Reino Unido. De allí surge su hipótesis: no sería extraño que hacia 2027 comiencen negociaciones entre ambos países, con mediación estadounidense, para reducir tensiones. Incluso desliza la posibilidad de contactos informales previos entre actores diplomáticos.
No hay pruebas públicas de estas conversaciones, pero la tesis introduce un cambio de enfoque: las Malvinas dejan de ser únicamente una causa histórica argentina y pasan a ser vistas como una pieza dentro del tablero logístico global.
En redes sociales también emergieron interpretaciones en esa línea. Un analista conocido como “El Oráculo de Trenque Lauquen”, el alias de un conocido operador bursátil cercano a La Libertad Avanza; sugirió que Trump podría, en el corto plazo, declarar resuelta la amenaza iraní, retirarse del Golfo y reorientar su estrategia hacia otros puntos del mapa.
Aunque no hay confirmación oficial, esta idea se conecta con un hecho concreto: la frustración de Trump ante la falta de apoyo militar de aliados como el Reino Unido en Ormuz. Informes de los medios Reuters, AP y Financial Times coinciden en que varios socios occidentales evitaron sumarse a una intervención inmediata, y que Starmer no está dispuesto a escalar el conflicto con Irán.
En ese contexto, cobra sentido la hipótesis de que Washington busque nuevos aliados y recompense a quienes sí acompañan su estrategia.
“Si Estados Unidos reabre la cuestión Malvinas, podría consolidar a Argentina como aliado por generaciones”, sostuvo el analista.
El influencer libertario Nico Promanzio, hasta hace poco funcionario del Ministerio de Defensa, llevó el debate hacia otro plano: la capacidad real de Argentina para capitalizar una eventual oportunidad.
Su diagnóstico es crítico. Sostiene que la falta de inversión sostenida en defensa durante décadas debilitó la posición del país, privándolo de contar con un instrumento militar acorde a los desafíos actuales. Según su visión, aun si se abriera una ventana geopolítica favorable, Argentina no estaría plenamente preparada para aprovecharla.
Promanzio remarca que reconstruir capacidades militares es un proceso de largo plazo, que requiere inversión, modernización tecnológica y confianza internacional. Aunque reconoce algunos avances recientes, advierte que el camino por recorrer es extenso.
Esto conecta con un punto clave: una oportunidad diplomática, por sí sola, no garantiza resultados si no está respaldada por peso estratégico.
Lo novedoso no es que Estados Unidos esté por modificar oficialmente su postura sobre las Malvinas. No existe, por ahora, ninguna señal concreta de la Casa Blanca, el Departamento de Estado o el Congreso en esa dirección.
El cambio real es otro: la hipótesis dejó de ser impensable.
Con tensiones crecientes entre Washington y Londres, una Argentina alineada con Estados Unidos y sectores republicanos comenzando a cuestionar el respaldo automático al Reino Unido, la cuestión Malvinas vuelve a ingresar en el radar geopolítico.
No como una decisión inmediata, ni como una política definida, pero sí como una posibilidad que ya empieza a discutirse.
Así, la cuestión ya no pasa únicamente por si Estados Unidos podría, en algún momento, adoptar una postura más favorable hacia Argentina.
La verdadera incógnita es otra: si ese escenario se concretara, ¿estaría Argentina en condiciones políticas, militares y diplomáticas de aprovecharlo?
En ese punto convergen las distintas miradas: la geopolítica puede abrir oportunidades, pero aprovecharlas depende de la capacidad real de los actores involucrados.